Aniversario muerte agónica de Lenin, padre de los monstruos.
Los depravados curtidos del crimen, los perversos, los tiranos, suelen tener fallecimientos por enfermedades penosas. Ahí está Fidel Castro, un hijo pródigo de Lenin. Vejada su arrogancia de sentirse eterno, en una agonía terrible que avizora la muerte lentamente, debe ser parte del castigo que demonios, como él, se merecen. Con sus miles de crímenes, sin embargo, es Mao Tse Tung quien tiene record histórico en el “Libro Guiness”: eliminó un promedio de sesenta y cinco millones de chinos. Stalin le sigue, ostenta el segundo lugar: cuarenta millones de muertos. Y aunque los de Vladímir Ilich Ulianov, Lenin, son de menor escala, sería quien habría de estimular esta monstruosidad. El mentor de los crímenes de las pretendidas revoluciones.
“Exhortando a los bolcheviques a proceder a ejecuciones públicas para hacer temblar a las poblaciones en cientos de kilómetros a la redonda”, o “Es imperativo preparar en secreto el terror y de la forma más rápida”. Era la maniática obsesiva a la hora de instruir a los comités revolucionarios, autor en 1917 de la CHEKA, la Panrusa contra la Contrarrevolución y quien proclama el “Terror Rojo”: “Aquel que combate por un porvenir mejor será implacable con sus enemigos”. Y contrariamente como se piensa por desarrollarlos a gran escala, no es Stalin, sino Lenin, el creador de los campos de concentración, el primero de ellos conocido fue en 1918.
Aplicó la tortura de manera sistemática, se hicieron guantes con la piel de seres humanos, los prisioneros, especialmente oficiales, eran metidos lentamente en calderas o eran víctimas de ratas que previamente encerradas en una caja, se calentaban a gran temperatura para que huyeran despavoridas sobre éstos. Previsible lo que ocurría. Implacable en la persecución, instruye sobre cómo dar con las conchas, y recomendaba realizar las detenciones durante la noche. Eran asesinados los desertores del Estado Mayor, las sentencias de muerte no tenían apelación y se ejecutaban en 24 horas.
Su grado de depravación y toda esa obcecación de arrasar contra cualquier vestigio llamado contrarrevolucionario lo llevó a sufrir varios ataques de hemiplejia. Se vio forzado a retirarse del gobierno casi inmediatamente de proclamar la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, para el 30 de diciembre de 1922, en un estado de severa agonia por el deterioro de salud, la muerte le llegó el 21 de enero de 1924. Un infarto cerebral, el parte oficial.
Aunque se piensa que fue por la sífilis, ya que su tratamiento consistía en grandes dosis de arsénico y ioduro de potasio. Para estudiar la causa de su enfermedad, le fue extraído el cerebro antes de embalsamar su cuerpo, consultado un neurólogo alemán, y según su informe, “el cerebro de Lenin mostraba un gran número de “células gigantes”, células piramidales del córtex de tamaño inusual, lo cual se podía considerar como un signo de una capacidad mental superior”. Martha Colmenares


























