“Nietzsche, un profeta sin Dios”
Por Víctor Manuel Jiménez López de Murillas (Sacerdote Diocesano). Un excelente artículo, de obligatoria referencia que alertaba lo que hoy estamos mirando. Para el momento de ser escrito era formador del Seminario de Logroño, también está publicado en la Web Oficial de la Hermandad de Ntra. Sra. de Consolación, Patrona. Martha Colmenares
Nietzsche, un profeta sin Dios
Se ha celebrado este verano en la sede de la UNED de Logroño, el curso: “Nietzsche y la transformación postnihilista de la cultura europea”. Un personaje de figura múltiple y contradictoria, que nos ha dejado en herencia una filosofía errante y vagabunda, plasmada en multitud de aforismos con los que critica proféticamente la cultura presente.
Aunque Nietzsche aborda en su compleja obra diversos y contradictorios temas, le obsesiona sobremanera su rechazo a la filosofía occidental del pasado, a la metafísica, a toda verdad absoluta, a los valores universales, bajo su grito de guerra: ¡Dios ha muerto!
Tras esta muerte anunciada de Dios por el filósofo, le sobrevinieron como un “boomerang” sus desgarradoras consecuencias, aquellos interrogantes que brotan cuando es consciente el hombre de que ha matado a Dios y habita solitario en un mundo infinito: “¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la Tierra de la cadena de su sol? ¿Dónde la conducen ahora sus movimientos? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia adelante, hacia atrás, hacia algún lado; erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con su aliento? ¿No sentimos frío? ¿No veis de continuo acercarse la noche, cada vez más cerrada?… ¡Cómo consolarnos, nosotros, asesinos entre los asesinos! Lo más sagrado, lo más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha teñido con su sangre nuestro cuchillo. ¿Quién borrará esta mancha de sangre? ¿Qué agua servirá para purificarnos?” (La gaya ciencia, 125).
En la Tribuna de La Rioja del día 18 de Julio, escribía el profesor de filosofía José Luis Coelho, un interesente artículo titulado: “Nietzche: fascinación y escándalo”, a modo de síntesis objetiva de todo su pensamiento. A medida que me sumergía en su lectura, quedaba impactado por aquellos “martillazos” proféticos inspirados en el diagnóstico que Nietzche realiza sobre la posmodernidad, donde al final “lo único que queda es la emocionante oscuridad del nihilismo como aventura de riesgo que abre paso al pensamiento caníbal”.
El resultado es simplemente desolador… Un ser humano descreído, desencantado, sin norte ético, sin ningún ideal por el que luchar, sometido a sus impulsos biológicos irracionales y sin Dios, que se pregunta: ¿Qué sentido tiene vivir de tal manera? ¿Mejor morir que vivir en este absurdo? ¿O por qué no jugar al “superhombre” contra todo y frente a todos, caiga quien caiga? En esta situación, sólo el fuerte sobrevive escépticamente al hastío de la vida, aprendiendo día a día a transgredir sin ser juzgado, y engrosando las arcas de su ego-poder a costa de los más débiles.
Con la muerte de Dios se abre la puerta a esta nueva antropología nietzscheana del “superhombre”, dios de su historia y su destino, que tiene que ingeniárselas para llegar a hacer frente al nihilismo destructivo y crear algo nuevo sin Dios. ¿A qué precio? El mismo que tuvieron que pagar otros sistemas ideológicos y políticos por implantar su “ateísmo optimista”, en la filosofía, en la historia y en el corazón humano, con el terrible resultado mortal de despojar al hombre de su dignidad y convertirlo en marioneta de quien ostenta el poder. No olvidemos que cuando se ha matado a Dios, desplazándolo del centro de la historia en aras de una ilusoria libertad, la autodestrucción humana ha sido imparable: nazismo, fascismo, comunismo, campos de exterminio, segregación racial…
Así pues, nada desatinada fue esta profecía de Nietzsche sobre los efectos de la secularización de la cultura, donde no hay lugar para “la verdad” revelada por Dios, pero aún menos para el hombre libre, criatura de Dios. “Una vez que se ha quitado la verdad al hombre, es pura ilusión hacerlo libre. En efecto, verdad y libertad, o bien van juntas, o juntas perecen miserablemente” (Juan Pablo II).
Por consiguiente, se nos plantea a todo ser humano la siguiente disyuntiva: renunciar a la pretensión profunda de la conciencia a buscar en la verdad un sentido pleno a la vida, y conformarse con parciales y efímeras respuestas, o aceptar que el ser humano es un misterio y jamás podrá alcanzar por sí solo la respuesta a la gran pregunta por el “por qué”. La Iglesia siempre apostará por una alternativa a esta cuestión existencial: volar alto con las alas de la fe y la razón, en búsqueda de la verdad que nos hace libres.
El que encuentra la verdad en esta vida, posee la más precisa brújula para vivir con sentido y afrontar dignamente un grave problema que nos corroe: el relativismo. “Este relativismo -como señala el filósofo R. Spaemann- que se esconde detrás de la palabra tolerancia; mas la verdadera tolerancia presupone que hay convicciones…, las convicciones son algo valioso para el hombre”.
Paradójicamente hoy, en nombre de la tolerancia, se prohíbe tener convicciones, máxime si son religiosas. Si hoy manifiestas en público una convicción cristiana, eres tachado como intolerante, fundamentalista y retrógrado, por aquellos que quisieran cancelar a Dios de la vida pública, alegando razones tolerantes y laicistas ¿Será cierto que les hace daño la verdad?
En pos de esta tolerancia, cada vez se hace más difícil dialogar sobre lo que es verdad o mentira, bueno o malo, justo o injusto. El “super-hombre” lo dirá, el que ostenta el poder tendrá el veredicto final, la dictadura del relativismo silenciará cruelmente la verdad.
Tal es el efecto pernicioso de esta subliminal dictadura, que nuestro nuevo Papa Benedicto XVI la ha considerado como uno de los grandes problemas del mundo actual, “que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas”. Y prosigue diciendo: “Nosotros tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo”. Como diría el mismo Nietzsche: “Cristo es el hombre más noble”. “Lo que dejó en herencia a los hombres fue el ejemplo de su vida: su comportamiento ante los jueces, los esbirros, los acusadores, y ante toda clase de calumnias y escarnios, su comportamiento en la cruz”. “El símbolo de la cruz es el más sublime que haya existido jamás”.
Esta propuesta de la Iglesia por un nuevo humanismo, que a nadie perjudica, como a nadie se impone, parece ser que al gobierno de Zapatero le molesta visceralmente, y está dispuesto a usar toda guillotina cultural y legal necesaria, con tal de no dejar cristiano con cabeza, ni familia católica, ni asignatura de religión, ni en definitiva, cualquier proyecto de inspiración cristiana que no se someta a la ideología laicista y anticlerical del “superhombre” que nos gobierna.
Siempre habrá políticos en nuestra España, que como Don Quijote, ven mounstros fantasmagóricos donde sólo hay inofensivos molinos que dan harina de otro costal. Algo así debió intuir Miguel de Unamuno hace casi 100 años, cuando dijo que “nunca ha estado la política española tan revuelta y enmarañada como al presente se nos muestra, pocas veces tan agitado el espíritu público, y es porque se plantea al cabo la cuestión de las cuestiones, la cuestión batalladora, la vital para España, la cuestión religiosa. (…) Y mientras esto no se resuelva no podrá haber aquí ni paz ni progreso”. Dicho queda, muy señores míos.
Víctor Manuel Jiménez López de Murillas (Sacerdote Diocesano).
28 Jul 2005
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Dios- sacerdote
























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