Eleição é escolha, e não obediencia. Sobre Lula

Eleição é escolha, e não obediencia.
Elección es selección, y no obediencia
José Nêumanne
Hay quien cree en duendes y quien espere el desembarque de Papá Noel de un trineo pujado por renos, chimenea abajo de casa en pleno verano tropical. El cineasta americano Oliver Stone, el ex presidente argentino Néstor Kirchner y el sociólogo brasileño Marco Aurélio Garcia creen en el alivio que las Fuerzas Armadas Colombianas (FARC) traen al cotidiano sufrido del pobre campesino de allá.
Las evidencias de que las actividades políticas de esos facinerosos, que tiran su sustento de la producción y comercialización de la cocaína y de la manutención en cautiverio en las peores y más inhumanas condiciones de las personas que secuestran, son similares a las de su compañero brasileño Fernandinho Beira-Mar no los demenean de su fe. A los 40 años de la muerte de Che Guevara y del inicio de las actividades guerrilleras de las FARC, les resta poco a creer.
El jefe del profesor Garcia, Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de nuestra República, aquí, dio una vez más una demostración pública de su pragmática sensatez al negar, en la Habana, cualquier justificativo de naturaleza política a la evidente violación de derechos humanos por las hordas de Tirofijo. ¡Palmas para él! Pero no consta que su frase ejemplar haya inspirado una posición más clara del gobierno que jefatura a respeto de la acción criminosa de los traficantes de cocaína a los cuales el vecino presidente de Venezuela, Hugo Chávez, pretende dar status de “beligerantes” en nombre de sus buenos servicios prestados a la revolución bolivariana.
Refugiado en la definición de las Naciones Unidas que atribuye la categoría de “terroristas” apenas a los fundamentalistas islámicos suicidas de Al-Qaeda, Su Excelencia mantiene el mayor país de América Latina en un constreñimiento de matar cualquier adversario tucán de envidia: se queda encima del muro en este asunto, de enorme relevancia para el subcontinente.
Confundiendo y mezclando sus simpatías personales con los valores de la democracia que fue electo para dirigir por soberana y maciza mayoría popular, el presidente dedica al sufrimiento de los secuestrados de los secuaces de Manuel Marulanda insensible silencio, similar al dedicado a las víctimas de la tiranía de su amigo Fidel Castro en Cuba.
Al visitar el cubano en casa, Lula perdió una buena oportunidad de atestiguar la farsa electoral realizada domingo pasado para componer el Parlamento que mañana “decidirá” el destino del anfitrión. Éste, mismo imposibilitado de hacer sus largas arengas en público, fue hecho diputado por Santiago de Cuba, ciudad tenida como cuna de su revolución. Y tuvo la propia rigidez testificada por el huésped ilustre, no se sabe si por dotes desconocidos de clínico o de legista.
Si hubiese quedado en el Caribe para atestiguar la “elección” -acto de voluntad que implica escoger, y no obedecer-, la devoción que tiene por el decano de los tiranos mundiales quizá no bastase para impedirlo de percibir el ridículo de una disputa de 614 cargos por… 614 candidatos. Y quien sabe no pasasen desapercibidas a su sentido del ridículo la expectativa en torno de la “selección” para la “definición” de la sucesión del dictador y la conmemoración por la ministra de la Justicia, Maria Esther Reus, de la elevada comparecencia a las urnas: 95%.
Ésta sería una excelente oportunidad para el presidente aprender que los plebiscitos y referéndums capitaneados por lo más poderoso castrista fuera de Cuba, el venezolano Hugo Chávez, no aseguran el tenor democrático del poder que él ejerce.
No hay democracia sin elecciones, pero la Historia relata muchas elecciones que resultaron en tiranías que estrangularon la voluntad popular, a veces por voluntad manifiesta del propio pueblo: son clásicos los casos de Hitler, en Alemania, y Mussolini, en Italia. Y de farsas electorales realizadas para enmascarar dictaduras abyectas. El autor de estas líneas acompañó, personalmente, mitines del paraguayo Alfredo Stroessner, que siempre “disputó” su poder en seguidas campañas electorales de las cuales no admitía salir victorioso con menos del 96% de los sufragios.
Después de verificar ser imposible hablar en elección (alias, selección) en un régimen de partido único y de candidato único para cada lugar, cuya grande disputa es por la votación única (o sea, que el elector no vote apenas en su representante, pero en los 614, avalando la farsa), Lula podría cruzar los pocos kilómetros de mar hasta Estados Unidos.
Y allí, en el imperio execrado por Fidel y Chávez, atestiguar cual si hace una elección de verdad para escoger el presidente constitucional de un país gobernado por la ciudadanía hace más de 200 años. Mientras los 614 candidatos de Fidel, él entre todos, roen las uñas para saber si los 8,1 millones de cubanos que fueron a las urnas refrendaron su condición de miembros de la Asamblea Nacional, los dos mayores partidos americanos promueven sus elecciones primarias para escoger los candidatos a lo más importante puesto político de la Tierra.
Quien no está habituado al sistema de selección del jefe del Poder Ejecutivo en la mayor democracia del planeta puede hasta reclamar del método complicado para elegir los candidatos y, después, el presidente. El sistema no es perfecto, pues la perfección no está al alcance del género humano. Pero en su imperfección es lo que hay de más viable para hacer prevalecer la voluntad del hombre común en el comando de la más rica y poderosa máquina pública de hoy.
A las vísperas de Fidel completar medio siglo en el poder absoluto, si las limitaciones biológicas no lo impiden, Lula habría hecho mejor si, en vez de solamente visitarlo, manifestase lo que lo demás del mundo ha hecho en esta cuadra: alguna curiosidad sobre la selección del futuro presidente de la mayor potencia planetaria. Pues no es toda hora que se puede asistir a una disputa tan pareja en los dos partidos, en un raro pleito de que no participan un presidente o un vice, como es el caso de este. Para él y para nosotros, sería más útil que fotografiar un amigo moribundo.
*****
José Nêumanne Eleição é escolha, e não obediência
O Estado de S. Paulo
23/1/2008
Há quem acredite em duendes e quem espere o desembarque de Papai Noel de um trenó puxado por renas chaminé abaixo de casa em pleno verão tropical. O cineasta americano Oliver Stone, o ex-presidente argentino Néstor Kirchner e o sociólogo brasileiro Marco Aurélio Garcia crêem no alívio que as Forças Armadas Colombianas (Farc) trazem ao cotidiano sofrido do pobre camponês de lá.
As evidências de que as atividades políticas desses facínoras, que tiram seu sustento da produção e comercialização da cocaína e da manutenção em cativeiro nas piores e mais desumanas condições das pessoas que seqüestram, são similares às de seu parceiro brasileiro Fernandinho Beira-Mar não os demovem de sua fé. Aos 40 anos da morte de Che Guevara e do início das atividades guerrilheiras das Farc, resta-lhes pouco a crer.
O chefe do professor Garcia, Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de nossa República, aqui, deu mais uma demonstração pública de sua pragmática sensatez ao negar, em Havana, qualquer justificativa de natureza política à evidente violação de direitos humanos pelas hordas do Tirofijo.
Palmas para ele! Mas não consta que sua frase exemplar tenha inspirado uma posição mais clara do governo que chefia a respeito da ação criminosa dos traficantes de cocaína aos quais o vizinho presidente da Venezuela, Hugo Chávez, pretende dar status de “beligerantes” em nome de seus bons serviços prestados à revolução bolivariana.
Refugiado na definição das Nações Unidas que atribui a categoria de “terroristas” apenas aos fundamentalistas islâmicos suicidas da Al-Qaeda, Sua Excelência mantém o maior país da América Latina num constrangimento de matar qualquer adversário tucano de inveja: fica em cima do muro neste assunto, de enorme relevância para o subcontinente.
Confundindo e misturando suas simpatias pessoais com os valores da democracia que foi eleito para dirigir por soberana e maciça maioria popular, o presidente dedica ao sofrimento dos seqüestrados dos sequazes de Manuel Marulanda insensível silêncio, similar ao dedicado às vítimas da tirania de seu amigo Fidel Castro em Cuba. Ao visitar o cubano em casa, Lula perdeu uma boa oportunidade de testemunhar a farsa eleitoral realizada domingo passado para compor o Parlamento que amanhã “decidirá” o destino do anfitrião. Este, mesmo impossibilitado de fazer suas longas arengas em público, foi feito deputado por Santiago de Cuba, cidade tida como berço de sua revolução. E teve a própria higidez atestada pelo hóspede ilustre, não se sabe se por dotes desconhecidos de clínico ou de legista.
Se tivesse ficado no Caribe para testemunhar a “eleição” - ato de vontade que implica escolher, e não obedecer -, a devoção que tem pelo decano dos tiranos mundiais talvez não bastasse para impedi-lo de perceber o ridículo de uma disputa de 614 cargos por… 614 candidatos. E quem sabe não passassem despercebidas a seu senso de ridículo a expectativa em torno da “escolha” para a “definição” da sucessão do ditador e a comemoração pela ministra da Justiça, Maria Esther Reus, do elevado comparecimento às urnas: 95%.
Esta seria uma excelente oportunidade para o presidente aprender que os plebiscitos e referendos capitaneados pelo mais poderoso castrista fora de Cuba, o venezuelano Hugo Chávez, não asseguram o teor democrático do poder que ele exerce. Não há democracia sem eleições, mas a História relata muitas eleições que resultaram em tiranias que estrangularam a vontade popular, às vezes por vontade manifesta do próprio povo: são clássicos os casos de Hitler, na Alemanha, e Mussolini, na Itália. E de farsas eleitorais realizadas para mascarar ditaduras abjetas. O autor destas linhas acompanhou, pessoalmente, comícios do paraguaio Alfredo Stroessner, que sempre “disputou” seu poder em seguidas campanhas eleitorais das quais não admitia sair vitorioso com menos de 96% dos sufrágios.
Após verificar ser impossível falar em eleição (aliás, escolha) num regime de partido único e de candidato único para cada vaga, cuja grande disputa é pela votação única (ou seja, que o eleitor não vote apenas em seu representante, mas nos 614, avalizando a farsa), Lula poderia cruzar os poucos quilômetros de mar até os Estados Unidos. E ali, no império execrado por Fidel e Chávez, testemunhar como se faz uma eleição de verdade para escolher o presidente constitucional de um país governado pela cidadania há mais de 200 anos. Enquanto os 614 candidatos de Fidel, ele entre todos, roem as unhas para saber se os 8,1 milhões de cubanos que foram às urnas domingo referendaram sua condição de membros da Assembléia Nacional, os dois maiores partidos americanos promovem suas eleições primárias para escolher os candidatos ao mais importante posto político da Terra.
Quem não está habituado ao sistema de escolha do chefe do Poder Executivo na maior democracia do planeta pode até reclamar do método complicado para eleger os candidatos e, depois, o presidente. O sistema não é perfeito, pois a perfeição não está ao alcance do gênero humano. Mas em sua imperfeição é o que há de mais viável para fazer prevalecer a vontade do homem comum no comando da mais rica e poderosa máquina pública de hoje.
Às vésperas de Fidel completar meio século no poder absoluto, se as limitações biológicas não o impedirem, Lula teria feito melhor se, em vez de somente visitá-lo, manifestasse o que o resto do mundo tem feito nesta quadra: alguma curiosidade sobre a escolha do futuro presidente da maior potência planetária. Pois não é toda hora que se pode assistir a uma disputa tão parelha nos dois partidos, num raro pleito de que não participam um presidente ou um vice, como é o caso deste. Para ele e para nós, seria mais útil que fotografar um amigo moribundo.
José Nêumanne, jornalista e escritor, é editorialista do Jornal da Tarde
Publicado por la Agencia Estado de São Paulo, el 23 de enero de 2008.






























