La globalización y sus enemigos según Ricardo Valenzuela

- La globalización y sus enemigos
(primera parte)
Por Ricardo Valenzuela
Globalización es el término de moda en boca de políticos, redentores sociales, empresarios, economistas etc. El zumbido de la palabra es relativamente nuevo, pero su realidad no lo es. La globalización, sin ese nombre, cabalgaba en todo su apogeo hace más de cien años y fue la característica más importante del Siglo dorado de la humanidad; El Siglo XIX. Es más, en esa época era un concepto sumamente avanzado inclusive para los estándares de esos tiempos.
En 1913 el comercio internacional representaba un 12% del PIB de los países industrializados. Ese nivel de exportaciones no fue de nuevo alcanzado hasta los años 70, puesto que el mundo se había convertido en un fortress de proteccionismo y mercantilismo después del arribo de Keynes en Inglaterra y Roosevelt en los EE.UU.
El volumen del flujo de mundial de capitales en relación al PIB, escaló niveles en los años 20 que no se han vuelto alcanzar aun en estos días de flujos inalámbricos. A finales del siglo XIX, el flujo de capitales emanando de la Gran Bretaña llegó a niveles de un 10% del PIB de esa gran nación. En contraste, los impresionantes superávit de las cuentas corrientes de Alemania y Japón en sus dorados años 80, jamás sobrepasaron el 5% de sus PIB. Creo que podemos afirmar que mucho del crecimiento de la economía internacional desde la Segunda Guerra Mundial, fue solo una reanudación de lo que ya se había iniciado antes de la Primera Guerra.
La emergencia de la primera economía mundial fue posible por los avances tecnológicos de la Revolución Industrial. Los avances en comunicaciones terminaban con la tiranía de la distancia. En transporte de tierra es difícil estimar la importancia del ferrocarril. En 1830 una jornada de Nueva York a Chicago tomaba tres semanas, solamente una generación después, en 1857, ese mismo viaje se efectuaba en dos días.
La segunda mitad del siglo XIX fue testigo de una explosión en la construcción de redes ferroviarias alrededor del mundo. Las vías de Gran Bretaña se extendieron al triple pasando de 6,700 millas a 25,000 millas en 1910. En el mismo periodo en Alemania las vías crecieron de 3,600 millas a casi 37,000. Los EE.UU. lograron llegar a 250,000 millas de las 10,000 que originalmente tenían. El ferrocarril unió países e integró sus mercados facilitando la penetración de bienes foráneos, promoviendo una gran competencia y eficiencias en sus economías.
Al mismo tiempo, otro gran avance tecnológico hacía su debut uniendo esos mercados nacionales en un nuevo ente global. A pesar de que el barco de vapor fue desarrollado a principios del Siglo XIX, las innovaciones de que fue objeto en las décadas posteriores transformaron lo que había sido una nave para navegar en ríos y a corta distancia, en un muy barato, a gran escala y confiable transporte oceánico. El efecto en los costos de transporte fue nada menos que espectacular: El índice de costos de transporte en las rutas de exportación del Atlántico disminuyó en un 70% en términos reales entre los años de 1840 a 1910.
La explosión de la tecnología que promovió la Revolución Industrial, destruía las barrearas naturales de comercio internacional impuestas por la geografía. Al mismo tiempo, creaba nuevas posibilidades para el beneficio masivo provocado por el intercambio internacional.
En el centro de esa nueva economía, las fabricas de los países industrializados del Norte del Atlántico extraían sus productos en serie para enviarlos a todo el mundo. Esos centros de manufactura fundaban sus estrategias en el acceso a recursos naturales y materiales de fabricación baratos. En las periferias menos avanzadas de África, Asia, y América Latina, nuevas tecnologías permitían el que esos recursos naturales se produjeran y extrajeran de forma más barata que nunca antes.
De esa forma nació la primera estructura que sostendría la división global de trabajo: El centro del círculo se especializaba en la producción mientras que la periferia se especializaba en los productos primarios. Para la Gran Bretaña—el primer poder industrial—los bienes manufacturados constituían tres cuartos de sus exportaciones.
La nueva nación llamada los EE.UU., trabajaba ambos, el centro y la periferia. El Este urbanizado llevó la industrialización a nuevos niveles para arrebatar la supremacía económica de Inglaterra. El Oeste, siguiendo el sendero de otras regiones de asentamientos europeos (Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Argentina), se especializaba en la producción de granos, ganado, pieles, lana y otros productos agrícolas de gran valor. Finalmente el Sur, siguiendo el patrón tropical de desarrollo, se especializaba en productos como hule, café, algodón, azúcar, aceite vegetal y otros de bajo valor.
Aun cuando el comercio mundial es tan antiguo como la misma humanidad, esto era algo nuevo. Este tipo de comercio ya no era un asunto marginal limitado a unos cuantos bienes considerados “de lujo.” Ahora, por primera vez la especialización y división de trabajo en la producción a escala mundial, era un elemento esencial de la vida económica en todos los países participantes.
Entre los años de 1870 y 1913, las exportaciones como porcentaje del PIB, se duplicaron en la India, Indonesia y se triplicaron en China y Tailandia. La transformación de Japón fue especialmente dramática. Después de que las naves del Comodoro Perry arribaron a la bahía de Tokio en 1858, Japón se transformó de ser un país totalmente aislado, a un agresivo participante del libre comercio. En los siguientes 15 años sus exportaciones se multiplicaron 70 veces para llegar a un 7% de su PIB.
La revolución industrial en Europa, a pesar de sus gobiernos tiránicos, catapultaba el ingreso de sus habitantes que había permanecido estático durante los últimos mil años. Al encontrar a los EE.UU. sumergidos en ese nuevo sistema político de libertad, en cien años los convertía en el país más rico y poderoso del mundo.
La Contrarrevolución Industrial
Sin embargo, todo ello era demasiado hermoso para que durara. La humanidad por primera vez en la historia se enfilaba hacia su verdadera libertad y prosperidad. Pero el orden económico global que nació y floreció en el Siglo XIX, sería destruido por las catástrofes que azotaron a la humanidad en el siglo siguiente: las revoluciones china, rusa y mexicana, las guerras mundiales, la Gran Depresión y las dictaduras totalitarias.
¿Qué fue lo que sucedió? ¿Por qué el primer episodio de globalización terminó de una forma tan dramática? Estas preguntas son algo más que curiosidades históricas. Tienen el secreto de las controversias que hoy día cimbran el mundo entero alrededor de esta nueva globalización que, ante los ojos de la demagogia, es el horripilante adefesio que amenaza con devorar a la humanidad. Ese adefesio al cual simios como Hugo Chávez le construyen cárceles para detenerlo… la libertad.
Diario de América
25/5/2010
- La globalización y sus enemigos
(segunda parte)
Por Ricardo Valenzuela
El cóctel resultante de la Revolución Industrial y la emergencia de ese nuevo país que tanto intrigara a Tocqueville en 1810, le daba vida a la primera zona de libertad económica de la historia moderna: los Estados Unidos.
Tocqueville reportaba haber arribado a un país ausente de realeza, sin aristócratas, sin caudillos militares, sin políticos profesionales, con religiones que convivían. Un país con una vibrante sociedad civil organizada en cientos de asociaciones, con un gobierno acotado, pequeño y controlado por un sistema republicano. Describía la nueva Republica Comercial de los EE.UU. pronosticando una corta metamorfosis que lo convertiría, en unos cuantos años, en una gran potencia mundial.
Pero los monarcas de Europa observaban el experimento como un mal ejemplo amenazando el poder de sus coronas. Acudían a los resultados de la Revolución Francesa que, al abortar, abriera avenida a la barbarie de los jacobinos. Los franceses nunca descifraron el grave error cometido cuando las masas, ya en control, decretaban “igualdad igualitaria”, mientras que los revolucionarios americanos la definían con sabiduría: “igualdad ante la ley”.
América Latina lograba su independencia de España pero, como preciado tesoro, mantenía sus estructuras económicas y políticas enemigas de la libertad: Mercantilismo y Autocracia. El nuevo estado tomaba control de vida y futuro de los ciudadanos.
La lucha del hombre por su libertad frente a los opresivos gobiernos, estaba lejos de fallecer. La primera fisura en el mapa del nuevo país americano, aparecía cuando su gobierno federal iniciara la concentración de poder arrebatándosela a los estados libres y autónomos. Esa confrontación provocaba la guerra civil que, además de su devastación, iniciaba lentamente la muerte del sueño Jeffersoniano: “Predigo a mis compatriotas un futuro de felicidad, pero solo si evitan el gobierno les arrebate el fruto de su trabajo prometiendo bienestar social”.
A pesar de tal tropiezo, la libertad se fortalecía en los EE.UU. y en gran parte de Europa en donde sus monarcas, ante la aparición de Karl Marx, abrazaban el liberalismo para crear gran riqueza y prosperidad durante la segunda parte del siglo XIX. Pero la realeza europea seguía considerando a Norte América una región de barbarie en la cual, ese libertinaje engendraba una sociedad rijosa, aventurera, inculta y con demasiados aspirantes a la riqueza.
En 1879 el filósofo Henry James definía a los EE.UU.: “Con gran facilidad se pueden enumerar los perfiles de civilización ausentes en América: No tienen soberano ni realeza, no hay aristócratas, no hay iglesia ni religiosos, no tienen diplomacia, no existen los caballeros, ni palacios o castillos, no existen las viejas casas de campo, no existen las grandes universidades, no hay literatura, ni museos, arte, no existe la sociedad política”. Sin embargo, esa era la grandeza del nuevo país, no era reflejo de la decadente Europa.
Hacia finales del siglo XIX los EE.UU. portaban un gobierno cuya función no era promover la democracia del mercado, sino facilitarla, acelerarla removiendo todos los obstáculos que se presentaran. Era sólo permitir que el buque del estado avanzara impulsado por esa poderosa corriente de innovación que provoca la libertad, evitando las corrientes que lo hicieran encallar. Los pánicos y recesiones había que vivirlos, sufrirlos y soportarlos pero, como afirmara Carnegie, se podían convertir en bendiciones para los inteligentes, responsables y creativos.
Pero todos esos principios se empezaban a abandonar. En 1888, Cleveland pierde la presidencia de los EE.UU. ante Benjamin Harrison abriendo espacio para el Republicanismo proteccionista. Con el nacimiento del McKiney Tariff Act, los EE.UU. iniciaban su retirada del libre comercio para bañarse del mercantilismo ya enraizado en América Latina.
En las últimas décadas del siglo XIX, Europa sufría ya la avalancha de socialismo que invadía los sindicatos. En los EE.UU. para 1896 el partido Demócrata, cuna de Jefferson, archivaba sus raíces libertarias para abrazar el populismo de William Jennings Bryan. Muchas de esas políticas populistas eran adoptadas por ambos partidos y así, líderes sindicales, la izquierda y los progresistas, establecían un poderoso marco ideológico en el escenario americano que afectaría al mundo entero.
Arribaba el siglo XX y en 1913 sucederían dos eventos que esculpirían el futuro del mundo. En una desconocida isla de la costa de Alabama, se reunían los banqueros más prominentes de la época con un grave propósito: Tomar control de los mercados financieros del mundo cuando le daban vida al Fondo de la Reserva Federal (FED), el banco central de los EE.UU. Los norteamericanos elegían presidente a un desconocido profesor, Woodrow Wilson, padre del estatismo moderno que introdujera a los estadounidenses al agigantado, intruso y “benevolente gobierno”.
Para completar el sazonado del platillo, explotaban las revoluciones rusa y mexicana con los tintes y resultados que ahora conocemos. La mexicana iniciaba fruto del idealismo para terminar atascada en socialismo. La rusa se presentaba con nítida claridad producto de la enferma mente de un genio loco, alcohólico, alérgico al aseo personal y que no generara un solo centavo de ingreso personal durante toda su vida: Karl Marx. La primera encadenaría nuestro país durante más de 70 años a merced de los herederos de Calles. La segunda aprisionaría dos terceras partes de la humanidad con cadenas que aun no permiten su liberación, y dejaran visibles cicatrices en gran parte del mundo.
En ese ambiente Wilson iniciaba el sueño de la vieja intelligentsia para construir un corpulento gobierno federal con enormes poderes para intervenir supuestamente a favor de los menos favorecidos. Disfrazándolo con arreos de caballero medieval, ofrecía rescatar a los pobres repeliendo los horribles dragones que representaban la riqueza privada. Nacía el estatismo acompañado de la demagogia. La noción de un sector público—lo bueno debe expandirse—en oposición al sector privado—lo malo se debe vigilar y controlar.
Al final de su vida Jefferson había hecho dos advertencias al pueblo norteamericano: “No se dejen seducir por ese engañoso elixir de la democracia, porque entonces el país puede caer bajo el control de la plebecracia. En los siguientes cien años Europa se verá sumergida en sangrientas guerras, los EE.UU. no deberán de intervenir puesto que, cuando los cañones callan y se dispersa el humo de la batalla, emerge un estado fortalecido y una libertad acotada”.
Pero Wilson era un hombre agresivo y ya lo había demostrado cuando invadiera México en dos ocasiones. La primera en 1914 y después en 1916 en busca de Pancho Villa. Lo demostraba de nuevo cuando, después de asegurar lo contrario, involucraba al país en la primera guerra mundial preludio de lo que sería la nueva cara del estado: Un ente agigantado y beligerante exprimiendo al ciudadano para financiar sus aventuras coartando su libertad.
1/6/2010
Diario de América
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LA GLOBALIZACION Y SUS ENEMIGOS
Parte III
Por Ricardo Valenzuela
Como siempre la guerra provocaba un encogimiento de las libertades individuales y el agigantamiento de los gobiernos. La primera confrontación mundial terminaba con los desastrosos acuerdos de Versalles para, primero, pavimentar la avenida al comunismo de Rusia y, segundo, engendrar las fatales plagas que azotarían al mundo durante los años siguientes: El Nazismo y el Fascismo.
El escenario mundial estaba listo para la segunda gran ola de ataques en contra de la libertad: La Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.
El desplome de Wall Street de Octubre de 1929 y la gran depresión que le siguiera, permanecen como grandes misterios de la historia económica. Los EU durante los años 20 permanecía siendo una economía relativamente libre en la cual, los mercados operaban todavía de forma armoniosa. Pero cargaba ya una peligrosa amenaza. Las industrias americanas se protegían de la competencia extranjera a base de altas tarifas. El mercantilismo aparecía en las costas de EU.
Los actos legislativos Fordney—McCumber de 1922 y el Smoot—Hawley de 1930, fueron golpes devastadores al comercio mundial y para la economía de los EU. Los presidentes de la época y el liderazgo del congreso, fallaron miserablemente al no enfrentar las poderosas Federación Nacional de Manufactureros, la Federación Americana del Trabajo, las presiones de grupos con intereses muy particulares y, ante ese panorama, la libertad de mercados, que supuestamente ellos promovían, sería estacionada.
Durante los años 20 los EU en sociedad con Inglaterra, la otra gran potencia financiera e industrial, se dedicaban a mantener un mundo “próspero” inflando el inventario internacional de dinero, ya contaminados por las ideas de quien luego fijaría la estrategia económica del planeta durante la segunda parte del siglo; Keynes. Esto era posible debido a la creación en los EU de algo que nacía en secreto, la criatura de Jekyll Island: El Fondo de la Reserva Federal. De esta forma el crédito que en Junio de 1921 era de 45 billones de dólares, para Julio de 1929 era ya de 75 billones de dólares, un 70% de expansión.
El manejo deliberado para inflar el crédito se aplicaba no solo en los EU, sino a nivel internacional. Los EU demandaban ahora de sus aliados el repago de los préstamos de guerra, pero al mismo tiempo promovían a gobiernos y negocios internacionales acudir por capital a Nueva York con el gancho de su política de dinero barato e interferencia en el mercado mundial de bonos. Los líderes americanos iniciaban el abandono formal de su filosofía Laissez—faire de libre comercio y monedas fuertes, para tomar la ruta del proteccionismo e inflación.
Las industrias protegidas por esas altas tarifas, los exportadores subsidiados, monopolistas y banqueros flotando los bonos fueron los grandes beneficiados. Pero el gran perdedor sería el pueblo al negarle acceso a los competitivos precios de productos importados, sufrirían luego de una incontrolable inflación y finalmente se convertían en las victimas de la devastación total.
La inspiración que provocaba esta tragedia era el libro de Keynes, “Trac on Monetary Reform” publicado en 1923. El gran mito emergente en los años entre las dos guerras, era el que Laissez—faire había causado la tragedia y el nuevo mesías era Keynes con sus ropajes de promotor de la rectoría gubernamental para salvar el mundo ante la anarquía del capitalismo. Los ejecutores de esta nueva política serían dos de sus grandes admiradores, Benjamín Strong, gobernador del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, y Montague Norman, gobernador del Banco de Inglaterra. Como era clásico las políticas de Keynes en el corto plazo daban la apariencia de funcionar, tal vez por ello cuando en su debate Hayek lo cuestionaba, él respondía sonriendo; “en el largo plazo todos estaremos muertos.”
Al asumir Hoover la presidencia de EU en 1929, el mecanismo para el derrumbe de Wall Street estaba ya listo. Cuando la magnitud de la rugiente crisis se identificaba con claridad, Andrew Mellon, Secretario del Tesoro, recomendó abandonar las políticas interventoras y regresar al laissez—faire para que el mercado se depurara estilo Shumpeter. Pero Hoover, inspirado en el modelo económico ruso que estudiara con profundidad siendo Secretario de Comercio, ignorando el consejo ordenaba continuar con la inflación del crédito. El FED agregaba más de 300 millones en Octubre de 1929. La Gran Depresión explotaba atrapando al mundo con un abrazo mortal.
Este infierno de Dante le daba vida al Obama de esa era; F. D. Roosevelt montado sobre su New Deal blandiendo la guadaña del estatismo. Sus acciones tendrían un efecto mundial.
FDR era un aristócrata educado en Harvard. En su corta carrera política ya se identificaba como gran despilfarrador del dinero público. En su paso por el Departamento de la Armada, emergía como el primer político de esa era que se entregaba a los debutantes “lobby men” aspirando grandes contratos. Rossevelt se creaba reputación de un habilidoso hombre para la mentira, pero era también un hombre de una gran tenacidad y capacidad para enfrentar la desgracia, y lo demostraba exhibiendo un gran espíritu de lucha cuando era atacado por la fatal polio.
FDR, ya como presidente, inicia su famoso plan de los 100 días dando la apariencia de un furioso movimiento estabilizador pero que el hombre quien lo ayudaba a seleccionar su gabinete; Raymond Moley, lo describía de esta forma: “Tal vez los historiadores del futuro puedan encontrar lógica en estos extraños movimientos, puesto que yo no he podido.” Con la formación de la Corporación Financiara para la Reconstrucción, FDR tomaba por asalto de la economía del país e iniciaba una larga intromisión del gobierno en las todas las actividades antes campo exclusivo de la iniciativa privada.
Continuaba luego encadenando a la sociedad con una serie de piezas legislativas: “The Loans to Industry Act, the Home Owners Act,” the Sales of Securities Act, the National Labor Relations Act” dándole casi ilimitado poder a los sindicatos. Pasaba a su ataque contra la agricultura con su pieza “Soil Conservation Services, the Soil Conservation Act” y otros cuya estrategia era conservar el voto de los agricultores inflando el precio de sus productos a base de subsidios. Nacía la vieja alianza del partido demócrata con los sindicatos tomada de la mano con el nuevo “estado expropiante y benefactor.”
Pero la pieza más aterradora del New Deal sería “The National Industrial Recovery Act,” designada para estructurar una nueva economía controlada por el gobierno archivando los mercados libres del siglo XIX. Las palabras de Jefferson: “Un gobierno sobrio y frugal dedicado a proteger vida, libertad y propiedad,” se perdían en las nieblas del olvido. Para consolidar lo que Mises bautizara como el Intervencionismo, hervía ya el potaje que provocara la segunda guerra mundial.
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Parte IV
Ricardo Valenzuela
En México después del fracaso de la revolución Escobarista de 1929, el candidato a la presidencia de tal movimiento, Gilberto Valenzuela, partía a su exilio en los EU cuando mi padre aun estudiaba en Europa. Durante los siguientes años habría un intercambio de cartas entre los dos hermanos que reflejaban el dictado histórico de esa época.
Las primeras cartas del tío eran tristes cuando dibujaba el negro futuro del país ante lo que se gestaba. Portes Gil ocupaba la presidencia y se iniciaba el maximato en el cual Calles se convertía en el Cesar mexicano puesto que, con el nuevo PNR operando, todos los hilos del poder emergían de sus manos y los tejía alrededor de la geografía nacional aprisionando al país.
De forma premonitoria advertía a mi padre del conflicto económico mundial que se cocinaba. Octubre de ese año presenta al el mundo lo que se conocería como La Gran Depresión. Este fenómeno probaría lo que mi tío en conversaciones me comentara; “el capitalismo era algo nuevo y no tenía las avenidas legales para que fluyera con la tranquilidad de los mansos ríos y así, se desbordaba en una destructiva corriente de abusos. Ello le serviría a los mercados libres un desprestigio, injusto tal vez, pero muy conveniente para los gobiernos intervencionistas que nacían.”
En los años que precedían esa gran depresión, en los EU se presentaba algo que luego se conocería como las “expectativas racionales” pero que, en este caso, no lo serían tanto. En Nueva York alguien en esa época comentaba: “Cuando la gente está feliz es mas crédula, audaz y atrevida.” Y escudados con esa felicidad compraban y vendían acciones en medio de una ciega ignorancia. En 1927 esa euforia establecería un record que se antojaba increíble. De 500,000 acciones que cambiaban de manos cada año, el número se elevaría a más de 1, 000,000 en medio de una burbuja lista para explotar.
Continuaba don Gilberto. “Dos fenómenos están acudiendo para que el mercado de valores en cualquier momento explote: un incremento ridículo de los márgenes del intercambio, y una marcha acelerada hacia la formación de Fideicomisos de Inversión que nacen ya remendados.” Las acciones tradicionalmente se cotizaban diez veces sus utilidades. Pero esa nueva forma de transacciones, abusando de los préstamos bancarios, emergía como las primeras pirámides de inversión de la era moderna. Para mediados de 1929 algunas acciones se vendían hasta cincuenta veces sus utilidades, cuando el mercado ya afilaba su guadaña.
La Gran Depresión de 1929 se podría comparar con la crisis que abrazara México después del error de Diciembre de 1994 en la cual, los banqueros participaran como especuladores confeccionando la burbuja que luego explotara. Ello sólo requería de una corrección del mercado que, bajo la ley de su creativa destrucción, era normal y así lo indicaba la historia económica del mundo. Pero algo que debería de haber sido solo una ruda sacudida del árbol, las desesperadas intervenciones del gobierno la convirtieron en eso, la gran depresión.
El presidente Hoover era uno de los primeros ingenieros sociales que emergían en el mundo. Su idea de que acciones iniciadas de la punta de la pirámide hacia abajo moldeaba la sociedad y los seres humanos podían ser manipulados como si fueran ladrillos y concreto, había arribado para ya quedarse.
De forma dramática don Gilberto le explicaba a mi padre cómo la Gran Depresión sería el pretexto utilizado por los gobiernos para agigantarse. Calles hacia buen uso del argumento para iniciar la construcción de una sociedad corporativista controlada por la dictadura perfecta, y soportada por una raquítica sociedad civil que nunca se le había permitido florecer.
Desde finales de la primera guerra mundial se había iniciado una lucha entre quienes todavía creían en la sociedad civil, y los debutantes ingenieros sociales cuyo líder era un famoso sociólogo, Thorsten Veblen. Lo que le daba fuerza a este movimiento fue la construcción de la presa Boulder, la cual impresionaba al mundo como un ejemplo de ingeniería capaz de organizar y controlar el poder de la naturaleza, domando su incontrolable fuerza.
Dos hombres que habían sido impresionados por esta maravilla hidroeléctrica, eran Lenin y Stalin quienes ya hacían intentos para dominar la naturaleza en proyectos que luego fracasaran de forma estrepitosa. Veblen presentaba al ingeniero como el nuevo súper hombre. Lo describía como una figura idealista, desinteresada y benevolente que remplazaría al descorazonado hombre de negocios eliminando sus “diabólicos esquemas,” mercados libres y la motivación de las ganancias, para ser sustituidos por una economía compasiva frenado esa ambición que, según ellos, arruinaba a los países.
Hoover no solo abrazaba los conceptos de ingeniería social, él era ingeniero civil de profesión. Años antes se había incorporado al equipo de Wilson en donde absorbía la filosofía de gobierno rector y planificador. Después, al finalizar la primera guerra mundial, a cargo de la “Comisión de Ayuda” adquiría reputación por su eficiente intervencionismo lo cual le creaba simpatías de personajes como el mismo Keynes y, especialmente, F.D. Rossevelt quien afirmaba: “Este hombre es una maravilla y espero podamos hacerlo presidente. No podría haber uno mejor.”
Me impresionaba el tiempo que don Gilberto le dedicaba al análisis de Hoover. Después entendería que de alguna forma lo identificaba con Calles. Hoover había sido Secretario de Comercio en donde se identificaba como corporativista e intervencionista. A su paso por la Secretaría incrementaba la burocracia de 13,000 a 18,000 empleados y su costo se dispararía de $24 a $38 millones de dólares. Hoover, al igual que Calles, antes de llegar a la presidencia ya iniciaban esa marcha hacia el corporativismo actuando ambos como caballos de Troya en las administraciones de Obregón, en el caso de México, y de Coolige en los EU.
Calles abrazaba las teorías de Gunnar Myrdal quien afirmaba la democracia era estúpida, las masas irracionales y, por eso, un grupo elite debería de tomar control por el bien de ellos (el positivismo de Porfirio Diaz). Leía y releía las cartas de don Gilberto y realmente no entendía cómo este material no hubiera sido incluido en los libros de historia de nuestro país. No entendía cómo en el presente que vive este México, tan agraviado y confuso, nadie se hubiera preocupado de explorar otras avenidas de nuestro pasado para entender este presente.
Los años del exilio de don Gilberto cambiarían el rumbo de la historia en mundo entero y en particular en los EU. Con la avenida de Roosevelt y su New Deal se cerraba un importante capítulo para abrir otro que, luego, como los pecados del pasado, regresaría para hostigar al pueblo americano cuando el gobierno viajara de consumir el 20% de su PIB, a un increíble 50%. A México le esperaban un vía crucis de 70 años.
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