
El antisemitismo es para España una política de unidad nacional, quizás la única que pueden esbozar los socialistas contando con el apoyo inmediato y seguro de la derecha histórica. Lastimosamente, quizás esto sea cierto desde sus mismos orígenes como nación, con la expulsión de los judíos en 1492 por los reyes católicos y la tenebrosa impronta de la Santa Inquisición. Lo que sí resulta sorprendente es que esta animadversión sea tan poderosa que llega incluso a superar la que también deberían sentir contra los moros, porque al fin y al cabo, fueron ellos los que dominaron la península ibérica por medio milenio y contra quienes libraron la guerra de reconquista; por lo que con más razón deberían ser blanco de resentimientos y la contrafigura en la formación del carácter nacional español. Al fin y al cabo, los judíos siempre fueron víctimas y salvo en la imaginación nunca le hicieron ningún daño a los españoles, sino al contrario, han dejado una enorme herencia cultural desde antes que, en el siglo XIII, Moshé de León escribiera, en el corazón de Castilla, “El libro del Esplendor” (El Zohar). Lo dice el analista venezolano Luis Marín en su artículo
Cabeza de turco en Diario de América
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